Leyla
Salazar
—1—
Nuevamente amanezco murmurando su
nombre. Añoro despertar babeando la almohada como cualquier persona normal. Mi
cuerpo en vez de segregar saliva y sueños, se dedica obsesivamente a formar
letras; nada de fluidos, sólo letras. Las siete letras de mi tormento:
Ricardo... Hace dos años de la ruptura y tal parece que fue ayer. Recordarlo se
me ha vuelto un hábito, una rutina, un karma que exige toda mi entrega y
energía.
Una
imagen en particular me persigue: la de aquella enorme boca que tiene en el
vientre —recuerdo de una apendicitis mal zurcida— y que diariamente se aparece
frente a mí sonriéndome con sus dieciséis puntos. El descubrimiento de ésta su
segunda boca, sucedió en la estrecha tina de un hotel en Guerrero; el ambiente
ideal para una velada romántica, la hora justa en que la piel se mimetiza con
los grillos y vibra sus poros. La incomodidad de encajarse la llave del agua en
la espalda se transforma en un acto poético en el momento en que él se acurruca
entre mis piernas, de un modo tal, que sus nacientes lonjas semejaban caireles,
transformando su estómago en cara, su cicatriz en boca. Nacía así un personaje
condenado al silencio. Es una lástima que no se decidiera a practicar la
ventriloquia (le da pena). Sin embargo, “el mudito” pasó a la galería de
personajes ilustres en nuestra pequeña mitología íntima.
Según
Richard, yo estaba viendo moros con tranchete...
—
Mira Ricardo —dije parándolo en seco— que los demás sean unos malinchistas no
me extraña, ¿pero tuuú?. Francamente pensé que tenías mejores gustos. Es
increíble que nada más porque es gringa se aloquen.
(aparte)
¡Nada más eso me faltaba! Ahora me echaba en cara mi pasado autóctono. Jamás
debí presentarle al tío Cuitláhuac.
—...
En verdad reynita. Esa güera me es completamente indiferente.
—
Pues la cara que pusiste cuando te embarró la teta, no era precisamente de
indiferencia.
Después de una prolongada pausa
contraatacó. Según su sereno análisis todo indicaba, sin lugar a dudas, que el
origen del problema radicaba en mis parámetros de cortesía; ya que estos, no
incluían la manera en que la tal fulana le recargó accidentalmente todo el peso
de su 38-D en el brazo, en lo que sin
lugar a dudas había sido un saludo ciertamente “un poquito efusivo” pero
Inocente... Por lo tanto, mis celos eran infundados. Además, y esto lo enfatizó
imitando a Arturo de Córdova en “El Esqueleto de la Señora Morales”, ... A mí,
lo que más me gusta de las flaquitas como vos,
es “ Tronarles los huesitos...”
Consciente
de mi desventaja física ante la Revaca Arizmendi, rompí el silencio con una
frase que salvaba mi dignidad e incluso
me glorificaba…
(aparte)
¿No que no? Ya frunció la boca. Ah, ahora resulta que él es el ofendido.
¡Míralo! ¿De cuando acá tan obediente? Nada más estaba buscando el pretexto
para dejarme tirada en la calle. ¡Hombres! ¿Será que me deja? Nooo,
no se atrevería. Sólo se está dando su taco, pero a mí no me asusta. ¡Que le baje más a la velocidad quiero
ver! ¡Uy sí, muy malo ¿no?! Ya se frenó. ¡Puta! Se me hace que va en serio. Ay diocito, ¿en
dónde estamos? ¡Mensa, me hubiera salido
lo digna un poco más cerca de la casa!
¿Qué haría la Doña María Félix en mi lugar? Ahora ni modo que me
retracte. Carajo. Sólo me queda bajarme. Valor. Ay, este maldito seguro que siempre se
atora. Si algo me pasa que caiga en su consciencia. ¡Va por usted Doña!
Teniendo toda la calle para estacionarse, el “señor” escogió justo donde está la alcantarilla sin tapa. No alcance a azotarle la portezuela porque en cuanto di un paso fuera del carro ya tenía la mierda hasta la cintura. No me fui hasta el fondo porque Dios es grande y me atoré.
Esta
se convirtió en la broma conmemorativa del infortunado accidente que por suerte
culminó en carcajadas y en la aplicación de una buena y merecida sobada. Él,
tomó el papel del abnegado y amoroso Doctor Dulitl, y yo me convertí en la
apestosa, pero sensual e inquietante enferma amnésica “Miss X”. (¡Ay, no hay nada más lindo que las
reconciliaciones! )
Lo
que más disfrutamos juntos es comer chocolates con menta. De hecho, en un
estudio realizado a una colonia de hormigas rojas, se comprobó que la cocoa es
afrodisíaca. Yo por si las dudas procuro que no falten. Hubo un tiempo en el
que no encontrabas chocolate por ningún lado, y si de casualidad hallabas, los
precios eran exorbitantes. Supuestamente era una táctica del gobierno para
desquiciar a los consumidores y obligarlos a votar por Morales- Loaeza (al menos eso era lo que decía mi abuela) Y
como la política es taaan retorcida no lo dudo ni tantito. Ese mes de
abstinencia, sin embargo, le dio nuevos y jocosos aires a la relación.
— 5 —
Mi
hermana Celeste no comparte ésta opinión. Desde que se incorporó al grupo
feminista de la Facultad ha cambiado mucho, dice cosas raras que yo no
entiendo. A mi pobre madre casi le da el infarto cuando Celeste —a raíz de su
participación en el Quinto foro denominado “Mujer, Teología y Paternalismo en
la Zona Norte de Veracruz— le comunicó su decisión de cambiar de religión
porque Dios es un macho. Ahora es Budista-Tolteca.
— 6 —
Richard tiene un niño precioso (tanto que ni parece su hijo). Cuentan que la mamá es muy guapa (sólo que sea por eso). Él ganó la tutela del niño. Cada 15 días se lo lleva de visita a la mamá y entonces sí nos damos vuelo, pero las demás noches debemos ser muy cuidadosos de no hacer ruido. Por mi educación religiosa éste no es ningún problema para mí, ya que suelo ser muy calladita en las cosas del amor, a diferencia de Richard, que al menor síntoma de orgasmo grita como solo un consumado ateo puede hacerlo.
Sólo
en una ocasión despertamos a Ricardito. Logramos evitarle el trauma de pensar
que a su padre lo estaban matando, pero se quedó con la idea de que yo le hacía
cosquillas en la nariz a su papá (y bueno, no estaba muy alejado de la verdad)
Sucedió
que estábamos acercándonos peligrosamente al punto G masculino cuando oí
venir —desde las profundidades de su
alma — el grito tarzanesco así que ágil y diligentemente le susurré al oído:
Esta
precaución fue contraproducente porque nos ganó la risa, y a Richard le dio un
ataque simultáneo de estornudos. Esa noche rompió su récord: Entre risa y risa
le conté catorce (estornudos).
— 7 —
Al
cumplir 7 meses de noviazgo y para tranquilidad de mi madre, quien nunca
hubiera aceptado mi relación con un cuarentón, terminamos. Sé que me quiere;
pero al parecer no era nuestro momento de estar juntos, dice que ya llegará. Yo
lo dudo pero quiero creer que así sea. Confío en que él por tener más
experiencia, sepa más que yo.
Hace
dos meses que está de gira por Latinoamérica y más de un año que vive con
una Argentina. Antier que cumplí 18 años me habló desde
Panamá. Lo extraño.
Oscurece.
Hoy se cumplen 394 noches que estoy sin él, sin mi Richard, 394 madrugadas que
me han despertado las únicas 7 letras que soy capaz de pronunciar. Hace 23‘640
minutos que el alfabeto se redujo a su nombre, 1‘418’000 segundos que espero
con ansia volver a coincidir.
Recientemente vi un ranking en relación a los hombres menos rentables emocionalmente, y lideraba la lista la recomendación de no involucrarse con músicos y rockeros. Ignorante de los peligros de desobedecer o no tener conocimiento de este profético ranking caí en las musicales garras de todo un especimen. Terrible error, sin embargo ¿quien le quita a uno lo rockanroleado?
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